domingo, 10 de octubre de 2010

Cuando el muerto pide la hora


El pueblo dominicano es rico en tradiciones mágico-religiosas, una población que afirma que los difuntos les visitan en sueños para darles el premio de la lotería, solicitar rezos o anunciar otros decesos, o sencillamente vagan por los caminos sabrá Dios con qué objetivo.

Son tradiciones que se consideran más arraigadas en el campo, aunque la creciente migración interna “ha llenado la ciudad de campesinos” a decir de muchos.

Ese día me levanté temprano para estar en una reunión en el Distrito Nacional, así que de muy mal humor, me enfrento a la llovizna y los tapones de tránsito.

Cuando abordo el carro de transporte público, mi mal humor aumenta varios grados ante la jovialidad desafiante del chofer:
- Me deja en el puente, chofer. Pide su parada un pasajero.
- ¿Arriba o abajo?, responde con una risa.

En este tono llevamos recorrido un buen trecho, cuando en la estación de radio que lleva sintonizada dicen la hora. “Son las siente y cuarenta y cinco minutos, usted siga en sintonía con nosotros!!!

La última parte la adiviné, porque como movido por un resorte, el chofer la apaga de un manotazo y dice con tono extraño.
- ¿Y quien le ha preguntado a usted la hora?, ¡yo nunca he querido saber la hora, cuando necesito saberla miro la sombra del sol!!!

Mi mal humor desapareció como por arte de magia, y con toda la malicia que pude, le manifesté mi continuo interés en saber la hora.

- Mire chofer, yo dejé de oír el noticiero de Radio Popular porque no dicen la hora cada minuto, así que ahora escucho Notitiempo. Le digo, refiriéndome a dos noticieros de radio de mucha tradición en República Dominicana.
- ¡Pues yo no!. Cuando yo era chiquito vivía en el campo, y las noches eran las más oscuras del mundo. En mi casa inevitablemente esperaban que se hiciera de noche para recordar que las lámparas no tenían gas, así que yo tenía que salir de noche, por los guatabales y guayabales a comprar el gas.

Un día, pasadas las ocho de la noche, voy corriendo con el corazón en la boca por el medio del monte, cuando de repente se me para al lado un hombre, aunque yo solo le veía la sombra y con una voz honda me dijo: Amiguito, ¿usted sabe qué hora es?...

Yo no necesité más -continúa el chofer su historia-, ahí mismo solté la botella del gas y me devolví pa mi casa, mejor que me dieran una golpiza, porque estoy seguro que eso era un muerto. Desde ese día nunca he querido saber la hora.

2 comentarios:

  1. Buen cuento. A la mejor el muerto estaba retrasado y tenía la encomienda de asustar a alguien o... al chofer.

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  2. Jejejejeje, lo que pasa es que cuando lo enterraron se les olvidó colocarle el reloj en la caja y por eso siempre quiere saber la hora jejejeje

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